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April 2026 /

Chronicles /

Escuchando
la selva amazónica,
con Wiña

Por Jane Fonda



Nunca antes había estado en una selva tropical, pero después de leer el libro Seremos Jaguares de Nemonte Nenquimo—una líder indígena de la nación waorani que habita en la selva de Ecuador—le pedí que me invitara. Quería experimentar la Amazonía y aprender cómo puedo ayudar a protegerla.

Aprendí que los bosques no son “una tierra sin gente, para un pueblo sin territorio”, como afirma el gobierno ecuatoriano. Han sido hogar de los pueblos indígenas, los guardianes del bosque, durante milenios.Lo que no anticipé fue que en mi primer viaje en canoa por el río Napo hacia la selva amazónica, Nemonte me sentó junto a una mujer waorani mayor llamada Wiña. Era pequeña y muy callada, pero sus ojos brillaban de curiosidad y humor, así que le tomé la mano. Al parecer, le agradó mi gesto de amistad y le pregunté si hablaba español. Un traductor explicó que Wiña solo hablaba Wao Tededo, su idioma ancestral. Wiña explicó que demasiadas naciones indígenas han perdido su lengua y, por eso, la Alianza Ceibo, la organización indígena de la que forma parte, está formando maestros en Wao Tededo. Wiña compartió que “Si perdemos nuestra lengua, perdemos nuestra fuerza, nuestro poder. Es nuestra identidad.”

Wiña y yo en la canoa. Fotografía: Martin Kingman / Amazon Frontlines

Sentí un vínculo con esta mujer que, según calcula Nemonte, tiene cerca de mi misma edad: 88 años. Cuando llegamos al lugar donde pasaríamos la noche y desembarcamos, Wiña trituró entre sus dedos las semillas rojas de un fruto y pintó puntos por todo mi rostro, como si me iniciara en su mundo.

Wiña y yo con puntos rojos hechos de achiote. Fotografía: Martin Kingman / Amazon Frontlines

Estuve con Wiña durante tres días mientras nos adentrábamos más en la selva. Podía sentir su atención enfocada en todo lo que la rodeaba. Estaba escuchando a los árboles, a las plantas, al agua. En un momento, me preguntó (a través del intérprete) si podía oír a los monos aulladores. Yo solo escuchaba una leve brisa. Resulta que ese era el sonido de los monos.

Me mostró una liana que cura el dolor de muelas; una hoja que baja la fiebre y otra que reduce la inflamación; veía y oía todo, incluso una diminuta (y peligrosa) rana escondida bajo las hojas caídas al borde del sendero—una rana tan venenosa que, según Wiña, tenía suficiente veneno para “¡matarnos a todos!”.

Mientras caminábamos por el bosque, Wiña cantaba un canto repetitivo y de alta frecuencia, como nada que hubiera escuchado antes. El bosque se transformó en una catedral de altos techos abovedados, atravesada por haces de luz oblicuos. Sabía dónde van a beber las guacamayas; dónde buscan sal los periquitos; dónde habita la anaconda y qué plantas son venenosas… y mucho más.

Su comunidad, profundamente unida, vive en interdependencia no solo con el mundo natural y tangible que les provee todo lo necesario, sino también con lo invisible: los espíritus del bosque, Onawoka, y sus ancestros, quienes los guían en sus sueños.

Aquí estaba yo, pensé, con personas que viven en plena armonía con el mundo natural, su fuente de vida. Pero tanto mi país como el suyo ven esa fuente de vida como un “recurso” que explotar, perforar y talar para monocultivos y ganado.

Rastros de petróleo encontrados en los alrededores. Fotografía: Michelle Gachet / Amazon Frontlines

Ahora es el gobierno ecuatoriano quien quiere subastar 3,5 millones de hectáreas de selva tropical ancestral en la zona centro-sur del Ecuador. Las siete naciones indígenas a las que pertenecen estos territorios ancestrales exigen “consentimiento previo, libre e informado” antes de que sus tierras sean devastadas. Wiña y el pueblo waorani quieren ayudar a detenerlo.

Veo una determinación en el rostro de Wiña y lo puedo sentir también. Demasiados niños han muerto a causa de la contaminación por petróleo. Hay demasiados casos de cáncer. El agua no es apta para el consumo. Los animales se mueren. El clima empeora. Cuando llegó el momento de despedirnos me di cuenta de que somos dos abuelas valientes, de dos culturas diametralmente opuestas, pero compartimos la misma lucha.




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